La mañana era fría y gris, una brisa fría corría meciendo los árboles con un lento susurro mientras caía una tenue llovizna. Los tacones repiqueteaba contra el suelo de piedra del cementerio mientras Lidia pasaba junto a los nichos sin mirarlos. Ahora sabía que los espíritus de los muertos se podían quedar mucho tiempo después de haberse ido así que era mejor no llamar su atención. Por un momento se preguntó qué vería Hombre Muerto en un lugar como este. Quizás los espíritus no estaba allí sino en los sitios donde murieron o atados a los vivos que habían amado cuando estaban vivos . Una sonrisa triste se le dibujó en los labios.

 

Se sintió muy sola.

 

Leovilgildo se había marchado para siempre, la principal razón de su existencia había desaparecido en una noche dejando un enorme hueco de vacío e inutilidad. Aquella noche había dicho que quería poder para poder proteger a sus seres queridos. El destino irónico le había concedido el poder pero ya no le quedaba a nadie a quien proteger.

 

Lidia reajusto el ramo de margaritas en su brazo y empezó a mirar los nombres de las tumbas buscando un nombre. Escrito en el mármol blanco se podía leer el de Inés Martínez Garrido. Sus dedos recorrieron amorosamente los bordes de la lápida del nicho y colocó el ramo de flores en el jarrón vacío tras retirar las que estaban secas y muertas. Estas durarian mucho mas tiempo y se sintió secretamente satisfecha por ello.

- ¿Lo llegaste a saber abuela? Todo lo que pasaba en esa casa, las mentiras, las culpas, las sombras? ¿Sabías lo que había dentro de mi?. ¿Sabías lo que me iba a pasar?

 

 

Mil. Mil doscientas. Dos mil. Dos mil novecientas.

 

De la boca, desde la garganta. De los oídos, desde el cerebro. De debajo de las uñas. De entre las costillas. De las axilas. De los lacrimales.

 

Despierta. Él no sueña. No soñaba. Él volvía a La Rueda cada noche en un trance próximo al descanso, pero no soñaba. Ni siquiera allí entre muros agujereados por termitas y recorridos por ratas era capaz de soñar. Algo ha cambiado.

 

Desde la ventana la misma imagen de siempre: la telaraña infinita que une a los vivos con los vivos, y a los vivos con los muertos.

 

Libérame. Libérame y te mostraré. Libérame y te enseñaré. Libérame, porque sin mí no eres nada.

 

Baja hasta su parque. Las hojas son grises. Un gris de febrero. Y uno se le acerca. Uno con las cuencas de los ojos vacías. Uno antiguo encadenado a la tierra.

 

 

Una vez más rememoraba el momento en que su mundo se vino abajo. Literalmente. Esforzándose con todo lo que tenía, todo lo que le quedaba, había conseguido preservar parte de su realidad, de su verdad. El árbol se secaba y convertía en un decrépito remedo de la vitalidad que lo recorría e inundaba instantes antes. Como si de una plaga gris se tratase, Víbora veía ambos mundos, el físico, vibrante e inmediato, el espiritual, místico y duradero, siendo consumidos por… por una ola entrópica a falta de otra definición mejor. La primera lección que le habían dado sobre la umbra se concretó irremisiblemente. Todo lo que ocurre en el plano físico, se refleja al otro lado, y viceversa. Ese viceversa se hizo patente en el mismo momento en que la ola de putrefacción tocó la copa del árbol. La primera rama se marchitó y arrugó en instantes, y como si el tiempo se detuviese, contempla por la claraboya del techo cómo el enorme avión se precipita sobre su casa. Su hogar. Su mundo. El Nido de Víboras.


* * * * *


Caminando por el barro, ensuciando su lujoso calzado, dejando jirones de su chaqueta enganchados en ramas bajas y arbustos diversos, según se adentra en el pantano, se pregunta una y otra vez, ¿por qué? No había hecho nada por ofenderle. Aurelia. Un nombre antiguo. Un nombre de poder. Había seguido los rituales, las indicaciones, las fórmulas adecuadas. Debería haber podido llegar a un acuerdo, como en tantas ocasiones anteriores. Oh… quizás… sólo quizás… Si, tiene que ser eso. Su paradigma estaba puesto en duda, incluso allí, en su santuario. Había un miembro del Coro Celestial. Y un Cultista del Éxtasis. Sin duda su mera presencia, siendo capaces de alterar la Realidad, y sin conocer la Verdad de la Vida, perturbaba su mundo. No volvería a cometer esos errores. Habían costado demasiado, y no podía dejar de recordarlo.

 

 

Los Magos hacinados en la mansión habían logrado llegar al nuevo mañana. Persuadidos por la oferta de la familia López y Bru se habían encontrado en la batalla de tres entes, de los cuales su naturaleza es difícil de comprender. Ysveth, Anu y Aurelia, las tres primeras magas de la historia de Cáceres.

 

Ysveth con un plan sublime corrompió a la familia de López y Bru y cuando estos estuvieron preparados, uso sus artes arcanas para atraer a Aurelia a la casa. La arcanista no contaba con que la fuerza que Aurelia hubiera crecido tanto en este tiempo. Ni ella ni su hermana Anu, que se había personado para intentar salvar la situación, podían hacerle frente. Aun así, Ysveth aprovechó la confusión para realizar sus movimientos y cumplir sus propios objetivos. Cuando Anu vio el engaño, no pensaba convertirse en una víctima del voraz apetito de Aurelia, así que decidió marchar.

 

Fueron los mortales, los Despertados, los que salvando sus diferencias una vez más, lograron darle un revés a Aurelia y retenerla un tiempo. Si no fuera por ellos, nada habría sido posible. Esto podría haber tenido muchos finales y en ninguno se contemplaba que los Magos vencieran ante tal poder. Pero esto no convertía a los Magos en seres humanos. Para proseguir con su Guerra de la Ascensión la gran mayoría habían tenido que aceptar tratos que les alejaban de la moral humana. Habían hecho cosas que dejarían traumados a los Durmientes que tanto se habían empeñado en despertar.

 

“Y ese desprecio a la moral se vio recompensado con poder.”

 

 

Esta mañana la boca me sabía a sangre.

 

Una luz extraña para un día extraño. Dos hombres estaban quietos frente a mi cama. A uno le faltaban los ojos, al otro le salían moscas de la boca. Entre ellos había una unión fuerte. Podían haber sido hermanos, o amigos de la universidad… o algo así. Fuera como fuere algo les atormentaba: entre la telaraña que les unían colgaban recuerdos y momentos atrapados como mosquitos, aprisionados como pequeñas brasas quemando los retazos de sus vidas pasadas. Me asomo por la ventana. Los únicos colores vívidos son los marrones y los verdes del parque. El agua no refleja el cielo, se hunde en una profundidad llena de rostros que intentan arañar la superficie para salir al mundo real. Aunque las cosas no funcionan así, pienso sentándome en la orilla y viendo sus estirados rostros y sus ojos rogándome por el conocimiento para pasar al otro lado. No es su momento. Me giro para prestar atención a los dos hermanos. Me llevaban rondando algunos días, pero hoy por fin han decidido acercarse. Recojo hojas muertas del suelo húmedo y comienzo a aplastarlas. En mis manos crujen y cortan como si estuvieran hechas de porcelana. Extiendo los trozos y la sangre sobre el césped y así me uno a ellos. Puedo verlo.