Bajo sus pies, incluso cubiertos por zapatos, a tres pisos del altura del suelo, forrado de hormigón, recorrido por innumerables criaturas entre las cuales los seres humanos no eran sino una minoría, podía sentir el latir de la vida. Sus lujosas ropas decoraban el suelo de su santuario, según las había ido dejando caer. A su alrededor, las paredes de la única habitación que ocupaba toda la planta, mostraban diversos objetos. La cornamenta de un ciervo enorme, con el cráneo incluido. Varios atrapasueños oscilando frente a las ventanas que daban al exterior. Un cuchillo de obsidiana, expuesto en una vitrina, aún tintado por manchas más oscuras que la propia hoja. Grabados con marcas en ogham, traídos desde alguna tierra lejana, esculpidos en algún tiempo remoto.

 

En el centro de la estancia, presidiendo el lugar, su árbol de la vida. Buena parte del tronco y toda la copa, se abrían paso desde el piso inferior, impregnando el lugar de una fragancia especial, propia, única. Su propio patrón estaba entrelazado con el del árbol. Pequeñas criaturas correteaban por las ramas, en la penumbra nocturna que no conseguía despejar del todo un solitario rayo de luna, cruzando la claraboya del techo. Aquellas pequeñas criaturas no conocían otro mundo. Habían nacido, crecido y se habían reproducido en las ramas de aquel árbol, alimentadas por la savia del mismo, y por la sangre de la Víbora.

 

 

Siempre que pensaba en aquellos pequeños insectos su mente entraba en estado contemplativo y meditabundo. Su universo estaba compuesto por la madera, la sangre, las hojas, y la lenta alternancia entre penumbra diurna y penumbra nocturna. Siempre terminaba preguntándose si su propio mundo sería realmente tan reducido como el de aquellas criaturas se lo parecía a él. Sacudiendo la cabeza para mantener alejadas sus divagaciones, volvió la mirada hacia sus invitadas. Las tres eran hermosas, destacaban entre sus congéneres cuando deambulaban por el Nido de Víboras. Las tres tan llenas de vitalidad, tan exuberantes y vibrantes como un ser vivo podía serlo. No era un monstruo insensible, se había preocupado por conocerlas bien. Sus ambiciones, fantasías, ilusiones, expectativas. Sus miedos, decepciones, fracasos, humillaciones. Sus gustos, preferencias, anhelos… Había llegado a conocerlas, probablemente mejor que ellas mismas.

 

Su maestra siempre le hizo hincapié en la simetría, lo proporcionado. A los viejos dioses les agradaban esas cosas. Mientras se reunía con ellas en la enorme cama que presidía el lado opuesto a la entrada a su santuario, no pudo evitar pensar que tendría que modificar algunas cosas… pero podría hacerlo durante el proceso, era más un aliciente que una molestia. La propia cama parecía proceder del saqueo de algún museo de historia antigua… pero lo cierto era que la había moldeado del propio tronco del árbol, en una sola pieza, mientras aún conservaba vida en su interior. El cabecero, alto, inmenso, se deformaba en relieves que representaban a seres de otra época, ninguno aceptable para las estrictas normas de la Realidad actual. Sátiros, dríadas, sirenas, duendes… todos ellos bajo los nombres de diversas deidades keltoi: Dagda, Balor, Morrigan, Belenus, Cernunnos…

 

 

El rito daba comienzo, lo que requería su plena atención. Que fuese algo periódico, incluso rutinario, no quería decir que no disfrutase de ello. Las tres mujeres se retorcían y retozaban a su alrededor y entre ellas, mientras delicadamente, sin que lo llegasen apreciar, él se impregnaba de sus patrones, alterando pequeños detalles. Pronto, entre sudor y jadeos, el tono pelirrojo del pelo de dos de ellas era exacto, idéntico, pese a ser castaño uno y casi rubio el otro, tan sólo unos minutos antes. La tercera no fue consciente de cómo su pelo se volvía pálido, casi blanco, al tiempo que la escasa luz del lugar parecía dar un tono verdoso a los tres pares de ojos. El éxtasis las volvía ciegas a lo que sucedía en su propio patrón vital. A la inexorable decadencia que iban sufriendo mientras sus carnes se volvían escasas y arrugadas, como si envejecieran varias décadas en pocos minutos. Sus facciones se fueron alterando, imperceptiblemente al principio, para asemejar los rostros de tres figuras muy conocidas para el Verbena. Tres brujas cuyo poder había sobrevivido a lo largo de las eras, aunque tuviese que esconderse y medrar entre las sombras, huyendo del ojo implacable de los nuevos tiempos: Ceridwen la Joven, Awen la Inspiradora, y Elenydd la Sabia.

 

Las ramas del árbol, cuya especie no habría podido ser localizada en ningún jardín botánico, o enciclopedia, se retorcían entre crujidos, prolongándose hasta alcanzar el lecho. Reptando sinuosas sobre los cuerpos, ávidas de nueva Vida. Una de las muchachas parece intuir que algo no va bien, incluso a través de las nieblas del ritual, que parecen susurrarle que todo va bien. Sin embargo, su mirada no se vuelve alarmante y asustada hasta que las ramas la aprisionan y la inmovilizan.

-Ceridwen, la de la eterna juventud- salmodia la Víbora, mientras sus incisivos crecen y se curvan hasta asemejar los colmillos de un ofidio –Acepta este sacrificio, y prolonga mi Vida.- Los colmillos hacen presa en el hombro de la joven, cerca del cuello y de la vibrante yugular, al tiempo que pequeños zarcillos y sarmientos crecen de las ramas del árbol, enlazándose alrededor de brazos y piernas, sorbiendo la energía vital de la pobre criatura.

-Awen, musa de genio inigualable- reza alzándose ante la segunda chica, con el cuchillo de obsidiana entre las manos –Inflama mi corazón con tu inspiración.- El cuchillo desciende bruscamente, y se abre paso entre la carne para alcanzar el corazón de la segunda mujer, salpicando de sangre al brujo y a la tercera chica, que aún no comprende que algo va mal. Las esporas liberadas por el árbol la sumen en un estado narcótico de sensualidad y excitación, que adormece su instinto de supervivencia. La hoja negra como la noche más oscura, brilla por unos instantes, bañada en sangre oscura también, y el brillo parece dividirse y trasladarse al cuerpo de la Víbora, y a las ramas reptantes.

-Sabia Elenydd- musita girándose hacia el tercer sacrificio, que le observa con los ojos muy abiertos –Guía mi entendimiento a través de sus ojos.- Con un rápido movimiento, sus dedos, ahora afilados como garras, se incrustan en las cuencas de la muchacha, sacando los globos oculares intactos, con un desagradable sonido de succión.

 

Algún tiempo después, aún cubierto de sangre, termina de acomodar los cadáveres entre las ramas del árbol que comparte su esencia. Casi de inmediato, la vida que se escapa de los cuerpos, viaja en un flujo constante y pausado, por las ramas. Las diminutas criaturas que habitan en el árbol, se alimentan de sus ramas. La savia que recorre el tronco hasta el subsuelo, varios pisos abajo, se funde y nutre de los jugos vitales, y el brujo se retira para contemplar el resultado durante unos instantes. Se gira hacia un lateral del santuario, donde una sección de la pared es un espejo completo, del suelo hasta el techo. Sonríe satisfecho, no por lo que ve, sino por lo que ya no está presente. No hay canas. Arrugas que empezaban a formarse han desaparecido sin dejar rastro, y siente su cuerpo revigorizado, lleno de Vida.

-Feliz Imbolc, Víbora- le dice al reflejo que le observa desde el espejo –La primavera puede comenzar…- Como si fuese a desvanecerse, se deja caer lánguidamente hacia atrás, pero las ramas del árbol, de nuevo estirándose y retorciéndose, le acogen como un amante repleto de vitalidad.

 

Realizado por: Curro