Esta mañana la boca me sabía a sangre.

 

Una luz extraña para un día extraño. Dos hombres estaban quietos frente a mi cama. A uno le faltaban los ojos, al otro le salían moscas de la boca. Entre ellos había una unión fuerte. Podían haber sido hermanos, o amigos de la universidad… o algo así. Fuera como fuere algo les atormentaba: entre la telaraña que les unían colgaban recuerdos y momentos atrapados como mosquitos, aprisionados como pequeñas brasas quemando los retazos de sus vidas pasadas. Me asomo por la ventana. Los únicos colores vívidos son los marrones y los verdes del parque. El agua no refleja el cielo, se hunde en una profundidad llena de rostros que intentan arañar la superficie para salir al mundo real. Aunque las cosas no funcionan así, pienso sentándome en la orilla y viendo sus estirados rostros y sus ojos rogándome por el conocimiento para pasar al otro lado. No es su momento. Me giro para prestar atención a los dos hermanos. Me llevaban rondando algunos días, pero hoy por fin han decidido acercarse. Recojo hojas muertas del suelo húmedo y comienzo a aplastarlas. En mis manos crujen y cortan como si estuvieran hechas de porcelana. Extiendo los trozos y la sangre sobre el césped y así me uno a ellos. Puedo verlo.

 

Una conversación acalorada. Olor a cigarro y a motor caliente, el ambientador no está haciendo su trabajo. La calefacción está puesta y giran la cabeza más de lo que deberían. El cielo está cubierto por nubes grises y el camino es recto y largo. Apenas unos instantes: Un trueno. Ruido sordo. Una mole gigantesca de acero. Mucho movimiento y dolor. Inconsciencia y… muerte.

 

Abro los ojos y saco la lengua. La mosca apoyada en ella alza el vuelo y zumba hasta los párpados de uno de los hermanos, metiéndose dentro de él. Respiro hondo. Las hormigas comienzan a girar a mi alrededor. Debajo de la hierba las hormigas giran en una espiral enorme. Este es el precio a pagar por enviar un mensaje. Todas las hormigas dan vueltas sin parar. Sin parar. Y no pararán. Y con el hormigueo escucho una dirección. Y con el picor en la mano escribo sobre un papel.

 

Miro a los hermanos. Ellos bajan la cabeza. Yo asiento.


Ya sé a dónde debo ir.

 

Llego a un portal con un buzón. Echo la carta y espero sentado. Durante horas. Detrás de mí los hermanos miran fijamente la puerta.

 

Un hombre llega de trabajar y encuentra la carta. Reconoce la letra. Abre la carta y empieza a temblar. Mira hacia todos lados. Por un momento clava sus ojos en los míos, pero su presentimiento se desvanece junto a los hilos que le unen a sus hijos. Se le salta una lágrima y entra por el portal.

 

Miro hacia atrás. Ellos ya no están. Una polilla temprana sisea hasta apoyarse en el banco a mi lado. Y después vuelve a volar.

 

Ellos ya no están.

Realizado por: Jose