Una vez más rememoraba el momento en que su mundo se vino abajo. Literalmente. Esforzándose con todo lo que tenía, todo lo que le quedaba, había conseguido preservar parte de su realidad, de su verdad. El árbol se secaba y convertía en un decrépito remedo de la vitalidad que lo recorría e inundaba instantes antes. Como si de una plaga gris se tratase, Víbora veía ambos mundos, el físico, vibrante e inmediato, el espiritual, místico y duradero, siendo consumidos por… por una ola entrópica a falta de otra definición mejor. La primera lección que le habían dado sobre la umbra se concretó irremisiblemente. Todo lo que ocurre en el plano físico, se refleja al otro lado, y viceversa. Ese viceversa se hizo patente en el mismo momento en que la ola de putrefacción tocó la copa del árbol. La primera rama se marchitó y arrugó en instantes, y como si el tiempo se detuviese, contempla por la claraboya del techo cómo el enorme avión se precipita sobre su casa. Su hogar. Su mundo. El Nido de Víboras.


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Caminando por el barro, ensuciando su lujoso calzado, dejando jirones de su chaqueta enganchados en ramas bajas y arbustos diversos, según se adentra en el pantano, se pregunta una y otra vez, ¿por qué? No había hecho nada por ofenderle. Aurelia. Un nombre antiguo. Un nombre de poder. Había seguido los rituales, las indicaciones, las fórmulas adecuadas. Debería haber podido llegar a un acuerdo, como en tantas ocasiones anteriores. Oh… quizás… sólo quizás… Si, tiene que ser eso. Su paradigma estaba puesto en duda, incluso allí, en su santuario. Había un miembro del Coro Celestial. Y un Cultista del Éxtasis. Sin duda su mera presencia, siendo capaces de alterar la Realidad, y sin conocer la Verdad de la Vida, perturbaba su mundo. No volvería a cometer esos errores. Habían costado demasiado, y no podía dejar de recordarlo.


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El fuego se empezó a extender, sin control, como suele hacerlo, mientras a toda prisa salía del lugar. Había conseguido mantener la esencia de su paradigma, aunque fuese en la forma de unas diminutas astillas, que se clavaban en su piel y reptaban por el interior de su cuerpo, confundiéndose con su musculatura, con su torrente sanguíneo, con su propio espíritu. A su alrededor la gente corría desbocada, entre gritos de terror. Se empezaban a escuchar sirenas, aunque no se detuvo a comprobar si eran bomberos, ambulancias, o policía… las sirenas siempre equivalían al sistema. Fuese o no lo que pretendía Aurelia, la Tecnocracia terminaría por encontrarle allí si persistía en reconstruir aquello. Corrió sin mirar atrás, tan sólo comprobando que los magos escapaban también del lugar, y fraguando ya una justa retribución. Con V de Venganza. De Vida. De Verdad. De Víbora.


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Cuando considera que el lugar es apropiado, se deshace de los restos de su chaqueta, y termina de romper los pantalones, dejándolo todo atrás. Es hora de empezar un nuevo santuario. El aquelarre parece crecer fuerte y sano, al menos. A su espalda escucha… no, siente, la vida animal reptando sobre la vida vegetal. No hay caimanes en este lugar, pero quizás el pantano le condiciona. Quizás debiera haber caimanes. Una vez desnudo, se acuclilla, y su mano se hunde en el barro. Al momento siente los gusanos, culebras, pequeños insectos y todo tipo de criatura viva que llama al pantano su hogar. Siente las astillas, que siguen vivas gracias a su esencia vital, moverse de nuevo, hacia fuera esta vez. Como si de semillas se tratase, se incrustan en el fértil y húmedo suelo, nutriéndose de todo lo que les rodea. Apenas un tímido tallo, con un débil brote, asoma de entre el barro removido. Tardará algo, pero crecerá. Su mundo pervive. La Vida se abre paso. Transfiere casi toda su vitalidad al tallo, quedando prácticamente vacío. Se desploma junto al tallo, inconsciente y desvalido, pero respirando lentamente. Duerme indefenso, rodeado del croar de ranas y sapos, del zumbido perpetuo de insectos de todo tipo. Y del sinuoso reptar de otras criaturas.


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En el sueño, sigue recordando. O recuerda lo que ha soñado. De un modo u otro, las imágenes de lo ya vivido pueblan su mente. Tanta gente alrededor. Preocupados, asustados, furiosos, heridos… Todos miraban expectantes ante la aparición del espectro. Aurelia se había materializado. Reclamaba el lugar como propio, algo que podía parecer pueril, pero que para aquellos familiarizados con el ámbito de lo espiritual tenía otro significado. Tendría un anclaje. Tendría su propio mundo. Si ya era poderosa, de conseguir aquello, pasaría a ser sencillamente invencible. Pero bueno… él había permanecido en el lugar para llevar a cabo su venganza. Les señaló el camino, pues no dejaba de ser un espíritu, y afrontó a Aurelia con el único propósito de perder tiempo. O ganarlo, claro.


Cuando todo terminó, Aurelia encerrada en aquella esfera de puro estatismo, Víbora creyó poder atisbar un instante de odio, de rencor, de ira, salir de la improvisada prisión, como un ominoso y oscuro zarcillo de entropía pura. Aceptó el gesto como un cumplido. Y si no lo era… bueno, no debió haber dañado al árbol.


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En el corazón del pantano un hombre duerme desnudo junto a un débil tallo que sin embargo, crece con vigor, mucho más deprisa de lo que podría esperarse. Si alguien pudiera verlo, diría que es algo ciertamente raro. Pero no lo más raro del lugar. El sueño del hombre se ve coreado por siseos, y acunado por el sinuoso reptar de decenas de víboras de todo tipo, color y tamaño. Cada lengua bífida paladea el sabor de su piel y de su sangre, y se acomoda alrededor de su silueta, medio enterrada en el barro, formando una especie de nido. Un Nido de Víboras.

 

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